Casa Alef

¿Cómo escuchar a alguien que ya no quiere vivir?

¿Cómo escuchar a alguien que ya no quiere vivir?

Psic. Isaac Esaú Torres Muñoz
Doctorante en Psicoanálisis
psico.isaac.torres@gmail.com
Ig: @Psico_isaactorres

Escuchar a una persona que expresa el deseo de no querer vivir, no puede reducirse a una única forma de intervención, sino que implica múltiples modos de aproximación. Culpabilizar desde lo individual al sujeto que piensa en dejar de vivir, resulta iatrogénico en nuestra práctica, pues es necesario considerar las condiciones sociales que llevan a alguien a pensar que morir es mejor opción que vivir. Y más allá de la intención de ayudar, se requiere analizar el contexto: ¿existen recursos materiales y económicos para iniciar un tratamiento?, ¿hay instituciones a las cuales acudir?. Es decir, no tendría mucho efecto ni sentido el dar recomendaciones de ‘’mejora’’ si no hay condiciones para que las personas hagan uso de estas recomendaciones. 
El psicoanálisis, en este sentido, se juega la vida en las instituciones de salud mental, donde protocolos, urgencias y evaluaciones de riesgo suicida se entrelazan con la pregunta fundamental: ¿qué sostiene a cada sujeto en la vida?

En México, la situación del suicidio es alarmante. En 2024 se registraron 9,051 muertes por suicidio, lo que equivale a 7 por cada 100,000 habitantes, la cifra más alta en la última década. El 80% de los casos corresponden a hombres, con una tasa de 11.2 frente a 2.6 en mujeres. Los grupos más afectados son jóvenes de 15 a 29 años y adultos de 30 a 44 años, que concentran más del 50% de los casos. Estados como Yucatán, Chihuahua y Aguascalientes presentan las tasas más elevadas, y la mayoría de los suicidios ocurre en el hogar, principalmente por ahorcamiento (85%) (INEGI, 2025).

Los factores de riesgo identificados incluyen depresión, ansiedad y desesperanza; consumo de sustancias psicoactivas; violencia doméstica o comunitaria; intentos previos de suicidio —el predictor más fuerte de riesgo futuro—; y pertenencia a grupos vulnerables como adolescentes, mujeres con ideación suicida, jóvenes LGBTIQ+, migrantes y personas privadas de la libertad (Gutiérrez-García, Contreras & Orozco-Rodríguez, 2006; Arango Bermúdez & Martínez Torres, 2013).

Frente a esta realidad, México ha consolidado una red de 343 Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones (CECOSAMA), 115 hospitales generales y 34 psiquiátricos. Asimismo, más de 140,000 profesionales han sido capacitados en salud mental y adicciones. La Línea de la Vida (800 911 2000) atendió más de 189,000 llamadas en 2025, triplicando su capacidad de respuesta (Gobierno de México, 2025).

Un ejemplo de intervención institucional es el Programa Salvemos Vidas del Metro de la Ciudad de México, creado en 2016. Este programa, conformado por psicólogos del STC Metro junto con elementos de la Policía Auxiliar y la Policía Bancaria e Industrial, ha evitado cientos de intentos de suicidio mediante intervenciones directas en estaciones y brigadas de salud mental. Sus protocolos de detección incluyen conductas como permanecer en el andén dejando pasar varios trenes, mirar fijamente hacia las vías o mostrar llanto visible. La intervención consiste en aplicar Primeros Auxilios Psicológicos, contención emocional y canalización a servicios especializados.

En el ámbito comunitario frente a la atención de grupos vulnerables, se han implementado programas en pueblos originarios como los yaquis y rarámuris, así como en comunidades prioritarias de Guerrero, Michoacán y Chihuahua. En el ámbito escolar, estrategias como El ABC de las emociones buscan fortalecer la resiliencia en adolescentes, mientras campañas como Dale color a tu vida se enfocan en la prevención del suicidio juvenil (ReachLink México, 2025; Díaz Paiva, 2022).

Esto lo mencionamos, con el fin de que las personas que lean este textos, sepan que hay aún mucho camino por recorrer frente a la prevención real del suicidio, pero tambien hay muchos recursos gratuitos o de bajo costo a los cuales podemos recurrir ahora mismo.

Silvia Tubert (2000) en su texto Un extraño en el espejo: La crisis adolescente, distingue entre dos modalidades de suicidio: el maligno y el benigno. El primero se caracteriza por impulsividad, métodos altamente letales y persistencia del deseo de muerte tras el intento, revelando una finalidad de aniquilación vinculada a psicopatología previa. El segundo, en cambio, se presenta en contextos depresivos y frente a pérdidas o conflictos, con instrumentos ambivalentes como medicamentos. 
Este tipo de intento funciona como un ritual de muerte y resurrección, dramatizando la crisis adolescente y abriendo la posibilidad de una nueva relación con la realidad. La dimensión familiar resulta central, pues los intentos de suicidio ponen de manifiesto estructuras rígidas y fusionales, donde el adolescente puede convertirse en portavoz de la hostilidad reprimida, volviéndola contra sí mismo.

Ahora bien, desde la clínica psicoanalítica, Arango y Martínez (2013) en su texto Comprension del suicidio desde la perspectiva del psicoanalisis de orientacion lacaniana,señalan que el suicidio puede ser un acting out —un llamado al Otro— o un pasaje al acto, que implica riesgo inminente. 

En términos prácticos, escuchar a alguien que dice “ya no quiero vivir” implica reconocer si se trata de un acting out o de un pasaje al acto, y si se trata de un suicidio maligno o benigno, en terminos de Tubert (2000). En el primer caso, el analista puede preguntar: “¿Qué esperas que yo entienda al escucharte decir esto?”, abriendo el sentido transferencial del mensaje, lo que permite también el pasaje de ‘’paciente’’ hacia el lugar de ‘’analizante’’ y el posible inicio de un tratamiento psicoanalítico. En el segundo, la pregunta debe apuntar a evaluar riesgo inmediato: “¿En este momento tienes pensado hacerte daño?”. Esta distinción técnica es crucial para decidir la intervención.

Es importante señalar, que el acting-out es una modalidad de respuesta que permite realizar intervenciones para que, dentro de las entrevistas preliminares, en un primer momento del inicio de un tratamiento, el paciente logre generar una suerte de rectificación subjetiva, es decir, que pueda irse implicando poco a poco en lo que le pasa, para luego pasar a sostener la posición de analizante, y empezar un análisis a partir de las interpretaciones que esto supone, hasta llegar a su fin. Es una lógica que persigue el tratamiento analítico, que no es precisamente una cronología siempre exacta e igual. 

Esto es fundamental a nivel de la práctica clínica, porque cuando ubicamos el acto suicida más del lado del acting-out, significa que estamos dentro de la escena, que no está fracturada todavía, y que además se actúa frente a un Otro para poder obtener alguna interpretación al respecto. Y evidentemente, esto implica un nivel más bajo de severidad, y mayores posibilidades de trabajo y operabilidad.

En cambio, el pasaje al acto implica que el sujeto deja de dirigirse al otro y se lanza hacia la acción sin mediación simbólica, y esto implica un nivel de severidad mayor y menores recursos simbólicos para articular el malestar.
Recuerdo el caso de una mujer que se atendió en un lugar en el que en algún momento trabaje, que refirió ideas suicidas con plan estructurado e intentos previos. Se le canalizó a un hospital psiquiátrico, y estando allí en la sala de espera, se lanzó hacia un vidrio para intentar romperlo. Aquí hubo una buena identificación del nivel de severidad de la ideación suicida y su intencionalidad, pero una lectura no tan adecuada de todo esto que estamos mencionando, ya que además en el acompañamiento, quien lo hizo, sentía mucha angustia, lo que permite a la paciente actuar a modo de espejo frente a esta. Quizás por eso eligió un vidrio para hacerse daño.

Esto pensando en el tema de la intervención. Ahora, pasemos al tema de la transferencia, donde Díaz Paiva (2022) subraya que la clínica del suicidio exige al terapeuta ocupar la posición de testigo, ofreciendo contención e historización frente a la orfandad subjetiva del paciente, lo cual significa, la posicion que toma el paciente en la transferencia, ocupando un lugar de desamparo y ruptura con el lazo social. La ética del psicoanálisis demanda sostener la escucha y la transferencia, incluso en situaciones extremas, sin poner nuestra vida ni la de los demas en riesgo obviamente, pero asumiendo lo que escuchar este a este tipo de pacientes implica, ya que no se trata de colocarse como analistas desde un lugar de ‘’salvación’’ que empuje a realizar acciones desde el furor curandis, en el que hay una fantasia de salvar rapido al paciente de su sufrimiento, sino más bien de habilitar un espacio que permita pasar del acto a la palabra, como desde el lugar de testigo que menciona Diaz en su estudio Psicoanalisis y clinicas del suicidio. 

Finalmente, alguien podría preguntar ¿Qué otras cosas podemos hacer además de ubicar el tipo de modalidad de intervención en el acting-out o el pasaje al acto en función de la severidad y riesgo que identifiquemos del acto suicida, o el lugar que preferentemente tendríamos que ocupar en la transferencia frente a este tipo de padecimientos?
Pienso que, las estrategias de acompañamiento que podemos hacer además de lo ya mencionado, pueden incluir elaborar un plan de seguridad, donde se identifican las redes de apoyo con las que cuenta la persona, contactos de emergencia, números de instituciones a las cual puede acudir, ubicar si la persona sería capaz de gestionar por su propia cuenta este tipo de solicitudes de ayuda, estrategias prácticas en casos de crisis, propiciar la intervención psicosocial, la cual es fundamental para pacientes con trastorno mental o con presencia de patología psíquica severa, aumentar la frecuencia de sesiones individuales, ofrecer alternativas de atención remota en situaciones de emergencia, canalizar a valoración psiquiátrica para confirmar o descartar la necesidad de un tratamiento psicofarmacológico a la par del tratamiento psicoterapéutico y psicosocial, y proponer la hospitalización como última opción, ya que a veces los procesos de este tipo pueden ser re victimizantes y rígidos, pero en ocasiones es necesario cuando se evalúa un riesgo muy alto que pone en peligro la vida de la persona a la que acompañamos.

Además, existen líneas de atención gratuita e inmediata como la Línea de la Vida (800 911 2000), SAPTEL (55 5259-8121), el Consejo Ciudadano (55 5533 5533), Locatel CDMX (311) y The Trevor Project México (55 9225 3337) (Reporte Índigo, 2025).

También está la Línea de contención emocional de urgencia psicológica de Casa ALEF: 7221281347 via Whatsapp o llamada 24/7.

Referencias

Arango Bermúdez, R. A., & Martínez Torres, J. J. (2013). Comprensión del suicidio desde la perspectiva del psicoanálisis de orientación lacaniana. Revista Colombiana de Ciencias Sociales, 4(1), 60-82. Recuperado de: redalyc.org/pdf/4978/497856284006.pdf

Díaz Paiva, F. A. (2022). Psicoanálisis y clínicas del suicidio: Un estudio exploratorio sobre los fenómenos transferenciales implicados en el tratamiento de pacientes en riesgo de suicidio (Tesis de maestría). Universidad Diego Portales. Recuperado de: TD002109.pdf

Gobierno de México. (2025). Red nacional de servicios de salud mental. Recuperado dehttps://www.gob.mx/conasama

Gutiérrez-García, R., Contreras, C., & Orozco-Rodríguez, J. (2006). Factores de riesgo en la conducta suicida. Salud Pública de México, 48(5), 341-350.

INEGI. (2025). Estadísticas de mortalidad por suicidio en México. Recuperado dehttps://www.inegi.org.mx

ReachLink México. (2025). Prevención del suicidio en grupos vulnerables. Recuperado deEstadísticas a propósito del Día Mundial para la Prevención del Suicidio (10 de septiembre)

Reporte Índigo. (2025). Líneas de ayuda para la prevención del suicidio en México. Recuperado de https://www.reporteindigo.com

Tubert, S. (2000). Un extraño en el espejo: La crisis adolescente. Lodus Editorial.

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