(Soulmates/ Almas Gemelas)
Por: Reneé Rodríguez
(La Clínica de la Palabra)
¿Qué pasaría si una prueba pudiera decirnos quién es nuestra alma gemela?
Esa es la premisa de Soulmates: una serie donde la ciencia promete resolver una de
las preguntas más antiguas del amor: ¿Quién es la persona destinada para nosotros?.
La idea parece tentadora ya que evitaríamos dudas, pérdidas de tiempo, vínculos
equivocados, elecciones dolorosas. Amar sería más simple, bastaría con saber.
Pero la serie muestra otra cosa: saber no resuelve el amor, a veces lo complica.
Soulmates resulta interesante porque lleva al extremo una fantasía muy actual: la
necesidad de garantías, queremos amar, pero sin equivocarnos, queremos
entregarnos, pero sin perder el control, queremos deseo, pero sin incertidumbre,
queremos que alguien nos elija, pero también queremos saber si existe alguien mejor.
La pregunta que abre la serie no es solamente: “¿existe el alma gemela?”, la pregunta
más incómoda sería: ¿por qué necesitamos tanto creer que existe?. Desde el
psicoanálisis, el amor nunca ha sido una elección completamente transparente; Freud
ya había mostrado que no elegimos desde cero: en el otro se juegan restos de nuestra
historia, fantasías, heridas, ideales y repeticiones, creemos buscar a alguien nuevo,2
pero muchas veces buscamos también algo antiguo: una reparación, una mirada, una
confirmación, una escena que vuelva a escribirse de otro modo.
Justamente por eso la idea de una prueba científica del amor resulta tan provocadora,
promete ordenar algo que, por estructura, no se deja ordenar del todo. El amor no es
solo compatibilidad, no es únicamente coincidencia de gustos, valores o destino. El
amor también está hecho de falta, de malentendidos, de deseo, de tiempos distintos,
de zonas que el otro no puede llenar.
En el primer capítulo de Soulmates, una pareja aparentemente estable empieza a
tambalearse cuando aparece la posibilidad de saber si existe una persona “más”
compatible, no ocurre una tragedia, no hay una gran traición, lo que aparece es una
duda: “¿y si hay alguien mejor para mí?”.
Esa pregunta pertenece de lleno a nuestra época ya que el amor contemporáneo está
atravesado por la lógica de la elección, la comparación y el mercado, elegir parece
libertad, pero también puede volverse angustia; Si siempre hay otra opción, ¿cómo
descansar en una elección?, si siempre puede haber alguien más compatible, más
interesante, más disponible o más adecuado, ¿cómo sostener lo que ya se construyó?
La serie nos obliga a preguntarnos algo que no es menor: ¿qué vale más en el amor, la
promesa de una compatibilidad perfecta o la historia que se construye con alguien?,
esta pregunta no pertenece solo a la ficción. En la clínica actual aparece de muchas
formas, una de ellas, especialmente frecuente en jóvenes, tiene que ver con la idea de
los plazos. Muchos llegan con una especie de regla no escrita: “si en tres meses no me
pide ser novios, entonces nunca va a pasar”, también aparece la versión inversa: “hay
que esperar tres meses para formalizar, antes sería demasiado pronto”.
El vínculo queda atrapado en un calendario, como si el deseo tuviera un tiempo
correcto, como si el amor debiera madurar bajo una norma casi administrativa, la
escena es interesante porque muestra algo muy actual: incluso la incertidumbre3
amorosa intenta organizarse mediante protocolos, tres meses para saber, tres meses
para formalizar, tres meses para decidir si el otro va en serio, tres meses para no
parecer intenso o intensa, tres meses para no quedar demasiado expuesto o expuesta.
Podría pensarse que esta regla funciona como una forma de cuidado, y en parte puede
serlo ya que no todo límite temporal es defensivo, a veces poner un tiempo permite no
quedar suspendido indefinidamente en vínculos ambiguos, donde hay intimidad pero no
reconocimiento, también puede ayudar a detectar cuando alguien sostiene una
presencia cómoda, pero evita cualquier responsabilidad afectiva.
Sin embargo desde el psicoanálisis conviene ir más despacio, la pregunta no es solo si
el plazo sirve o no sirve, la pregunta es qué función cumple para cada sujeto: ¿El plazo
ayuda a cuidar el deseo o sirve para no hablar?, ¿Permite ubicar algo del vínculo o
evita formular una pregunta incómoda?, ¿Ordena la espera o la convierte en una
prueba silenciosa?
Porque muchas veces el problema no está en esperar tres meses, sino en lo que se
deposita en ese plazo, el tiempo se vuelve una especie de oráculo amoroso. Si a los
tres meses pide formalizar, entonces hay amor, si no lo hace, entonces nunca lo habrá.
Pero el deseo del otro no puede leerse de manera tan lineal ya que muchas veces que
alguien formalice no garantiza que ame y que alguien no formalice en ese tiempo
tampoco demuestra, por sí solo, ausencia de deseo.
Lo delicado es cuando el calendario sustituye a la palabra, en lugar de preguntar “¿qué
somos?”, “¿qué quieres conmigo?”, “¿qué lugar ocupo para ti?”, se espera que una
fecha responda, y cuando no responde, se interpreta. El sujeto no habla, pero calcula,
no pregunta, pero mide, no se expone, pero observa signos: cuánto tarda en contestar,
si sube historias, si sigue en la aplicación, si propone planes, si usa ciertas palabras, si
evita otras.4
Aquí la cultura digital y la cultura terapéutica se mezclan de una manera particular; por
un lado, se habla mucho de responsabilidad afectiva, límites y claridad y eso es valioso,
pero, por otro lado, estos discursos pueden convertirse en pequeñas normas rígidas
que buscan eliminar el riesgo del encuentro, entonces el amor empieza a parecer una
evaluación de cumplimiento: si hace esto, sí le importo; si no hace esto, no le importo;
si no formaliza en tres meses, no hay futuro. El sujeto es obvio que quiere saber qué es
para el Otro, pero no siempre se atreve a formular la pregunta de manera directa,
entonces busca signos externos que respondan por él: una prueba científica, un
algoritmo, una regla temporal, un “visto”, una historia mirada, una fecha límite. La
angustia de no saber qué lugar se ocupa intenta resolverse mediante una señal.
Pero el deseo del otro nunca se asegura del todo, no se asegura con una prueba, ni
con una aplicación, ni con tres meses, ni con una etiqueta. Por supuesto, nombrar un
vínculo importa, decir “somos novios”, “somos pareja”, “estamos construyendo algo”
puede tener una función simbólica necesaria ya que nombrar permite reconocer, cuidar,
responsabilizarse. Aquí el problema aparece cuando el nombre se exige como
certificado de seguridad absoluta, ahí conviene distinguir dos cosas: No es lo mismo
pedir claridad que pedir garantía. Pedir claridad puede ser un acto subjetivo, incluso
ético: “necesito saber qué lugar tiene este vínculo para ti”. Pedir garantía en cambio,
busca clausurar la incertidumbre propia del amor: “dime algo que me asegure que no
voy a sufrir, que no me vas a dejar, que no estoy perdiendo el tiempo”.
El psicoanálisis no niega la importancia de los acuerdos ni romantiza la ambigüedad,
hay vínculos sin nombre que no son libertad, sino comodidad para uno y sufrimiento
para otro, hay personas que usan la indefinición para recibir afecto, deseo y compañía
sin hacerse responsables de nada. Eso también hay que decirlo, pero la respuesta no
puede ser convertir el amor en protocolo, la respuesta tendría que pasar por recuperar
la palabra, la pregunta y la responsabilidad subjetiva.5
En este punto Soulmates dialoga muy bien con la clínica contemporánea, la serie
imagina una prueba que dice quién es la persona correcta y en el consultorio, muchas
veces no aparece una prueba científica, sino otros pequeños dispositivos de certeza:
los tres meses, la frecuencia del mensaje, la exclusividad sexual, el dejar o no dejar las
aplicaciones, la publicación en redes, la reacción ante una historia. Estos son signos
que se usan para responder una pregunta más profunda: “¿soy elegido?”. Y esa
pregunta toca algo muy sensible del sujeto; Freud permite ubicar que el amor está
ligado al narcisismo. Ser amado confirma algo del yo, ser elegido puede sentirse como
una restitución de valor. Por eso, cuando el otro no formaliza, no responde o no
nombra, el dolor puede ser mucho mayor que el hecho concreto, no se vive solo como
“esta persona no quiere lo mismo”más bien se vive como “no fui suficiente para que me
eligiera”. En una cultura donde el amor está atravesado por el mercado, la elección del
otro parece funcionar como validación, si me eligen, valgo, si me descartan, algo falla
en mí.
Las aplicaciones de citas intensifican esta lógica porque vuelven visible la posibilidad
permanente de reemplazo, siempre hay alguien más, otro perfil, otra conversación
posible.
Bauman llamó “amor líquido” a esta fragilidad de los vínculos contemporáneos, y quizá
la regla de los tres meses sea una respuesta defensiva frente a esa liquidez. Si los
vínculos son inestables, necesitamos fechas límite, si todo puede quedar en
ambigüedad, necesitamos señales, si nadie quiere comprometerse demasiado,
necesitamos saber cuándo retirarnos.
La dificultad es que esa regla puede terminar reproduciendo la misma lógica que
intenta combatir, ya que en vez de abrir una conversación, convierte el vínculo en
evaluación, y en vez de escuchar la singularidad de lo que ocurre entre dos, aplica una
medida general y en vez de arriesgar una palabra, se espera un resultado.6
Otro capítulo de Soulmates muestra a un personaje que viaja para conocer a su alma
gemela, pero en el camino se encuentra con alguien inesperado. Lo que debía ser un
tránsito hacia el destino se transforma en un encuentro. Y ahí la serie formula otra
pregunta: ¿el amor está donde una prueba lo indica o donde algo del deseo irrumpe?
El deseo no siempre coincide con lo que creemos buscar, el sujeto puede dirigirse
hacia un objeto y, de pronto, encontrarse afectado por otro. El amor no llega siempre
con la forma prevista, a veces desordena, interrumpe y a veces contradice el plan que
creíamos tener. Por eso el amor no puede reducirse a un resultado, hay algo del
encuentro que escapa a la programación.
El deseo necesita cierta distancia. No distancia como indiferencia, sino como
reconocimiento de que el otro no nos pertenece por completo, en una época que pide
transparencia total, disponibilidad permanente y seguridad emocional inmediata, el
deseo nos recuerda algo incómodo: el otro sigue siendo otro.
Queremos saberlo todo, queremos señales claras, queremos respuestas rápidas,
queremos que el vínculo no nos deje en suspenso. Pero el amor, cuando está vivo,
siempre deja una zona de incertidumbre, no porque la ambigüedad sea deseable en sí
misma, sino porque ningún sujeto puede poseer por completo el deseo del otro. El
amor se debilita cuando el otro se convierte en objeto de consumo, esta idea dialoga
muy bien con la serie y con la clínica actual, el alma gemela puede volverse una
promesa peligrosa si esperamos que el otro llegue a cumplir una función: completarme,
calmarme, validarme, salvarme de elegir mal. Pero cuando el otro se vuelve solución,
deja de ser plenamente otro.
Algo parecido puede ocurrir con la formalización. Pedir ser novios puede ser una forma
de asumir un vínculo, darle lugar, cuidarlo. Pero también puede volverse una demanda
de tranquilidad: “dame un nombre para que yo no tenga que sentir esta angustia”, la7
pregunta clínica sería: ¿queremos nombrar el vínculo para reconocer el deseo o para
controlar lo que no podemos garantizar?
No es una pregunta moral. No se trata de decir que está mal querer claridad, al
contrario: pedir claridad puede ser necesario. Lo problemático es creer que el nombre
cancela la falta, ya que una pareja también puede sentirse sola. Un noviazgo también
puede estar vacío. Una relación formal también puede sostenerse sin deseo, aquí sería
bueno decir que muchas veces la etiqueta puede ordenar algo, pero no sustituye el
trabajo del vínculo.
Ahí está la crítica central: nuestra época intenta resolver el amor con dispositivos de
certeza, la prueba de Soulmates, el algoritmo de compatibilidad, el plazo de tres
meses, la lectura obsesiva de señales digitales. Todos prometen responder lo mismo:
“¿estoy eligiendo bien?”, “¿me están eligiendo?”, “¿esto tiene futuro?”, “¿voy a sufrir?”.
Pero el amor no puede evitar del todo esas preguntas, más bien nos enseña a
habitarlas.
El psicoanálisis no responde diciendo quién es la persona correcta o nos ofrece una
prueba, una fórmula ni una garantía. Su apuesta es más incómoda: preguntarnos qué
buscamos cuando decimos amor, qué repetimos cuando elegimos, qué nos angustia
de la soledad, qué esperamos que el otro venga a reparar, qué hacemos cuando el
deseo no coincide con nuestras expectativas, etc.
Soulmates atrapa porque habla de una fantasía futurista, pero también de algo muy
presente, no tenemos una prueba científica del alma gemela, pero muchas veces
vivimos como si la estuviéramos esperando, queremos una señal definitiva, una
certeza, una confirmación de que no estamos perdiendo el tiempo y una prueba de que
no nos vamos a equivocar.8
Y a veces esa prueba no tiene forma de laboratorio, sino de calendario: tres meses
para saber, tres meses para formalizar, tres meses para decidir si alguien vale la
espera. Quizá el amor comienza justamente cuando ninguna prueba alcanza.
Amar no es encontrar una respuesta definitiva contra la soledad, amar es sostener una
pregunta con otro, es aceptar que el otro no nos completa, no nos pertenece y no
puede garantizarnos todo. Pero puede, si hay encuentro, transformar algo de nuestra
manera de habitar la falta. Tal vez la pregunta más interesante no sea si existe nuestra
alma gemela, la pregunta es si todavía podemos amar sin exigirle al otro que venga
certificado como solución. Y quizá también habría que preguntarnos si podemos hablar
antes de convertir el vínculo en prueba; si podemos pedir claridad sin exigir garantías;
si podemos nombrar el amor sin creer que, al nombrarlo, dejamos de estar expuestos.