Tania Saavedra Cabrera Psicoanalista Tania_17_580@hotmail.com
Resumen:
El psicoanálisis nace cuando Freud decide escuchar a mujeres a quienes la medicina de su época llamaba histéricas y mentirosas. Paradoja fundacional: una disciplina que nace de la escucha de las mujeres termina teorizando lo femenino desde la lógica de la falta.
Esta ponencia propone un recorrido crítico para repensar la palabra de las mujeres no como síntoma a descifrar, sino como acto de subjetivación. Si en 1895 la palabra de la “histérica” era interrumpida y reinterpretada, en el malestar contemporáneo la mujer llega al consultorio con un discurso saturado de mandatos: «sé exitosa pero no amenazante, sé madre pero no te borres, sé deseable pero no deseante». Desde una lectura entre Freud, Lacan y autoras feministas como Luce Irigaray y Marcela Lagarde, se plantea que el acto de tomar la palabra en análisis constituye una desobediencia al discurso patriarcal. No se trata de «dar voz», porque voz siempre hubo, sino de crear condiciones para que esa palabra sea creída y aloje el deseo propio.
Palabras clave: psicoanálisis, feminismo, palabra, malestar contemporáneo, goce femenino, insumisión.
Quiero iniciar con un dato que a veces olvidamos: la talking cure, la cura por la palabra, no la inventó Freud. La inventó una mujer. Bertha Pappenheim, conocida como Anna O., fue quien le dijo a Breuer: «haga el favor de escucharme y déjeme hablar».
Ahí nace el psicoanálisis: de una mujer que exigió ser escuchada. Y esa es la paradoja que quiero traer hoy. ¿Qué le pasó a esa palabra fundacional?
Mi planteamiento es simple: pasamos de la histérica que exige hablar, a la mujer teorizada como la que no sabe lo que dice, porque habla desde la falta.
Hoy quiero proponer el camino inverso: recuperar esa palabra no como síntoma a interpretar, sino como acto de deseo.
LA MUJER COMO CONTINENTE OSCURO
Freud en 1926 llamó a la sexualidad femenina «el continente oscuro». No por misteriosa, sino porque la teorizó desde lo que no tiene. Si el referente es el falo, la mujer es falta, envidia, carencia.
Esta lectura se instaló en la clínica: la mujer que habla mucho, que se queja, que llora, que «exagera». Cuántas veces hemos escuchado en supervisión: «es muy histérica».
El malestar contemporáneo de mis pacientes no es muy distinto al de 1895, solo cambió de nombre. Antes era «ataque histérico», hoy es «tengo ansiedad porque no puedo con todo». Es la misma saturación de mandatos.
Y aquí es donde el psicoanálisis se queda corto si solo lee desde el falo.
EL GIRO: LO QUE NO SE DEJA DECIR
Para salir de ahí, necesito a tres autoras.
Primero, Lacan. En el Seminario 20, Lacan hace una autocrítica a Freud y dice algo revolucionario. Cito textual:
> «Hay un goce de ella, de ella que quizá no lo sabe ella misma, que le es propio, y del que ella misma quizá no sabe nada, a no ser que lo experimenta – eso ella lo sabe. Lo sabe, claro, cuando eso ocurre.» Lacan, Seminario 20, p. 90
¿Qué nos dice? Que hay una experiencia femenina que excede el lenguaje fálico. No es que la mujer no goce, es que goza de un modo que el lenguaje patriarcal no alcanza a nombrar. Ese «no-todo» es una puerta, no una carencia. Es decir: no todo el ser de una mujer cabe en ser madre, esposa o profesionista exitosa.
Segunda, Luce Irigaray, que le responde directo a Freud. Ella dice que si a las mujeres nos han dejado sin lenguaje propio, entonces debemos hablar desde otro lugar. Cito:
> «Si seguimos hablando igual, si hablamos como los hombres nos han enseñado a hablar durante siglos, como nos han hablado, nosotras desapareceremos.» Irigaray, Ese sexo que no es uno, p. 123
Y propone: «Hablemos como mujeres, no como madres, no como esposas». Que nuestra palabra deje de ser eco del deseo del Otro y se vuelva propia. Por eso cuando una paciente dice «no sé lo que quiero, solo sé que esto no lo quiero», ya está haciendo un acto subversivo.
Tercera, Marcela Lagarde, que baja todo esto a nuestra realidad latinoamericana. Ella nombra los cautiverios. Cito:
> «El cautiverio define la condición política de las mujeres… se caracteriza por la falta de libertad, entendida como protagonismo de las mujeres en la historia.» Lagarde, Los cautiverios de las mujeres, p. 36
¿Y cuáles son esos cautiverios hoy? Madresposa, monja, puta, presa, loca. Hoy el cautiverio se llama «sé una buena mujer». Sé buena y no te quejes.
CUANDO LA PALABRA SE VUELVE ACTO
En mi consulta, que atiendo principalmente mujeres, escucho 3 frases que se repiten como un mantra del malestar contemporáneo:
1. «Siento culpa por no querer lo que debería querer» – no querer ser madre, no querer casarse, no querer perdonar.
2. «Si digo lo que realmente quiero, me van a dejar». El terror a perder el amor si se nombra el deseo.
3. «Mi ansiedad es por no decepcionar a nadie». La ansiedad como intento de sostener todos los cautiverios a la vez.
El giro clínico no ocurre cuando yo interpreto. Ocurre cuando ella se escucha a sí misma diciendo en voz alta, por primera vez, «no quiero». En ese momento, la palabra deja de ser síntoma y se vuelve acto. Deja de pedir permiso.
Ahí el miedo se domina con valentía. No porque desaparezca, sino porque se nombra.
Para cerrar, vuelvo a Bertha Pappenheim. Después de ser Anna O., se convirtió en una de las primeras trabajadoras sociales feministas de Alemania, traductora y activista. Dejó de ser paciente para ser protagonista de su historia.
Eso es lo que propongo: que el psicoanálisis contemporáneo no solo interprete la palabra de las mujeres, sino que cree condiciones para que esa palabra sea creída. Que deje de preguntar «¿qué le falta?» y empiece a preguntar «¿qué desea, aunque aún no tenga palabras para decirlo?».
Porque cuando una mujer habla desde su deseo, tiembla la teoría. Y eso es bueno. Nos obliga a actualizarla.
Referencias:
Lacan, J. (1972-73). El seminario 20: Aún. Paidós. «Hay un goce de ella, de ella que quizá no lo sabe ella misma, que le es propio…»
Irigaray, L. (1977). Ese sexo que no es uno. Akal. «Si seguimos hablando igual, si hablamos como los hombres nos han enseñado a hablar… nosotras desapareceremos.»
Lagarde, M. (2005). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. UNAM. «El cautiverio define la condición política de las mujeres…»