Casa Alef

El psicoanálisis ante los malestares contemporáneos

Por Belén Rico

Psicoanalista, socióloga, politóloga

ricogarciabelen@gmail.com

El psicoanálisis ante los malestares contemporáneos

«La única cosa de la que puede ser culpable un sujeto es de haber cedido sobre su deseo.»
Jacques Lacan, Seminario VII

Quisiera comenzar con una pregunta: ¿qué puede aportar hoy el psicoanálisis frente a los malestares contemporáneos?

No se trata de defender una disciplina centenaria, sino de preguntarnos si el descubrimiento freudiano sigue siendo capaz de iluminar una época marcada por la digitalización, la inteligencia artificial, la hiperconectividad y la lógica del rendimiento.

Mi tesis es sencilla: cambian las formas del malestar, pero no la estructura del sujeto.

El ser humano continúa siendo opaco para sí mismo. Habita en él un deseo que desconoce, un saber inconsciente y un conflicto que ninguna explicación racional consigue eliminar. Lo que cambia no es esa condición, sino la forma en que cada época organiza la relación con ella. 

Freud mostró que el malestar no es un accidente histórico, sino una consecuencia inevitable de la cultura. Toda organización social exige renuncias y límites; de esa tensión surge una parte del sufrimiento humano.

Hoy, sin embargo, el conflicto ya no se organiza principalmente alrededor de la prohibición. Aquí la enseñanza de Lacan resulta decisiva.

Con el Discurso del Capitalista, Lacan describe una lógica que no sólo organiza la economía, sino también la subjetividad. Su promesa consiste en hacer creer que toda falta puede colmarse y que todo límite puede superarse mediante un nuevo objeto.

Ésta es la gran ficción de nuestro tiempo.

No se venden únicamente mercancías. Se venden promesas de plenitud.

El capitalismo sitúa los objetos en el lugar de aquello que causa el deseo. Pero ningún objeto puede satisfacerlo definitivamente. El fracaso de esa promesa no es un error del sistema: es la condición de su funcionamiento. El mercado necesita consumidores siempre insatisfechos. 

Esta lógica explica una de las paradojas de nuestra época. Nunca habíamos dispuesto de tantos recursos materiales y tecnológicos y, sin embargo, el sufrimiento psíquico no disminuye. Ansiedad, depresión, agotamiento, adicciones o vacío existencial ocupan un lugar creciente en la clínica contemporánea.

El psicoanálisis no entiende estos fenómenos como simples trastornos individuales. Los lee como respuestas singulares al discurso que organiza una época.

Por eso no pregunta únicamente cómo aumentar el bienestar, sino qué lugar ocupa ese sufrimiento en el deseo de cada sujeto.

El síntoma no es sólo un déficit. Es también una solución, una forma de responder a aquello que no puede simbolizarse por completo. El objetivo del análisis no consiste en adaptar al sujeto a las exigencias del mundo, sino en transformar la relación que mantiene con su propio deseo. 

La cultura contemporánea ya no nos dice simplemente qué está prohibido. Nos exige realizarnos, optimizarnos y ser felices.

Lacan mostró que el superyó no sólo prohíbe; también ordena. Y la orden característica de nuestro tiempo puede resumirse en una palabra: «¡Goza!»

El problema es que el goce no puede producirse por mandato. Cuanto mayor es la obligación de disfrutar, mayor suele ser la experiencia de fracaso.

Como señaló Alain Ehrenberg, el sujeto contemporáneo ya no se siente culpable por transgredir una norma, sino por no estar nunca a la altura: nunca suficientemente competente, productivo, feliz o realizado.

Acaba convirtiéndose en empresario de sí mismo. Gestiona su tiempo, optimiza su cuerpo, mide su rendimiento y administra incluso sus emociones. Paradójicamente, cuanto mayor parece su libertad, más intensa resulta su autoexigencia.

Desde el psicoanálisis, esta transformación tiene una consecuencia decisiva: cuando desaparece el reconocimiento del límite, el deseo corre el riesgo de ser sustituido por la compulsión.

Quizá sea precisamente ahí donde el psicoanálisis conserva toda su actualidad: al recordar que la falta no es un defecto que deba eliminarse, sino la condición misma del deseo.

Si el discurso capitalista transforma la relación del sujeto con el deseo, transforma también su relación con el tiempo.

Freud mostró que el inconsciente no obedece al tiempo cronológico. La vida psíquica tiene otra temporalidad: la del recuerdo, la repetición y la elaboración. Un síntoma puede mantenerse durante años y, sin embargo, una interpretación pronunciada en el momento oportuno modificar radicalmente la posición de un sujeto respecto de su historia.

Lacan llamó a esta dimensión tiempo lógico. El análisis no avanza porque transcurran las sesiones, sino porque algo acontece en la palabra.

Nuestra cultura, por el contrario, está gobernada por la inmediatez. Todo debe suceder ahora. La espera se vive como un fracaso.

Pero el deseo necesita precisamente aquello que la época intenta eliminar: tiempo, distancia y ausencia. Cuando toda espera desaparece, el deseo se degrada fácilmente en compulsión. 

Cada vez encontramos con mayor frecuencia sujetos que no sólo sufren por lo que les ocurre, sino por la imposibilidad de soportar que algo no se resuelva inmediatamente. También el sufrimiento ha quedado sometido a la lógica del rendimiento: se espera una técnica capaz de eliminar el síntoma sin atravesar la experiencia que lo sostiene.

El dispositivo analítico propone una lógica distinta. No acelera los procesos ni promete resultados inmediatos. Sostiene el tiempo necesario para que la palabra produzca un efecto. Y precisamente por ello preserva una experiencia que nuestra cultura tiende a perder: la elaboración subjetiva.

Esta cuestión adquiere una importancia especial ante el desarrollo de la inteligencia artificial.

Nos encontramos ante tecnologías extraordinariamente eficaces para procesar información, reconocer patrones y anticipar comportamientos. Su impacto será inmenso. Sin embargo, el problema que interesa al psicoanálisis no es tecnológico, sino antropológico.

¿Qué idea del ser humano comienza a imponerse cuando creemos que nuestras decisiones pueden reducirse a modelos predictivos? 

La lógica algorítmica trabaja sobre regularidades. El sujeto del inconsciente, en cambio, se manifiesta precisamente allí donde aparece una excepción.

El psicoanálisis reconoce que estamos atravesados por la historia, el lenguaje y el deseo del Otro. Pero sostiene también que ningún sujeto coincide por completo con esas determinaciones. Siempre permanece un resto desde el que puede surgir un acto inesperado.

Ahí reside la diferencia entre un algoritmo y una interpretación analítica.

El algoritmo busca reducir la incertidumbre.

La interpretación la hace hablar.

El algoritmo identifica patrones.

La interpretación escucha la excepción.

El algoritmo calcula probabilidades.

El análisis escucha aquello que no puede calcularse.

Por eso el verdadero desafío no consiste en la existencia de la inteligencia artificial, sino en aceptar una concepción del ser humano limitada a lo que puede medirse y predecirse. 

Llegados a este punto, podemos volver a la pregunta inicial.

¿Qué puede aportar hoy el psicoanálisis frente a los malestares contemporáneos?

Probablemente no una nueva técnica de bienestar. Tampoco una teoría destinada a competir con las neurociencias o con la inteligencia artificial.

Su aportación es otra: una posición ética

El psicoanálisis no promete una felicidad definitiva ni una vida sin conflicto. Tampoco promete eliminar la falta. Y precisamente porque renuncia a esas promesas conserva toda su actualidad.

Vivimos en una cultura que convierte la completud en un ideal. Todo parece susceptible de optimizarse, medirse y corregirse. Incluso el sufrimiento comienza a entenderse como un fallo que habría que reparar cuanto antes.

El psicoanálisis introduce aquí una objeción decisiva: no todo malestar es una enfermedad. Existe una dimensión del sufrimiento que pertenece a la condición misma del ser hablante.

Freud la situó en el malestar inherente a la cultura. Lacan mostró que esa falta no es un accidente, sino la condición del deseo.

Por eso el análisis no conduce hacia una identidad perfecta. Conduce hacia una relación distinta con aquello que nos falta. No libera al sujeto de su condición; lo libera de la ilusión de que esa condición pueda desaparecer. 

La pregunta ética formulada por Lacan sigue teniendo hoy toda su fuerza:

«¿Has actuado conforme al deseo que te habita?»

No preguntó si hemos sido felices.

No preguntó si hemos tenido éxito.

Preguntó por nuestra responsabilidad frente al deseo.

Porque el deseo es lo que hace singular a un sujeto. Lo que ninguna estadística puede calcular, ningún protocolo estandarizar y ningún algoritmo anticipar. 

Tal vez por eso el psicoanálisis conserva hoy una vigencia inesperada.

Cuanto más sofisticados se vuelven los dispositivos destinados a medir, clasificar y predecir nuestras conductas, más necesario resulta un discurso que recuerde que ninguna categoría agota una existencia.

Un diagnóstico no agota una vida.

Un perfil digital no agota una biografía.

Un conjunto de datos no agota un sujeto. 

Defender esa singularidad no significa celebrar el individualismo. Significa resistir toda forma de homogeneización que reduzca la experiencia humana al cálculo, al rendimiento o a la predicción.

Mientras exista un sujeto dividido por el lenguaje, seguirá siendo necesario un lugar donde pueda hablar sin ser inmediatamente normalizado, evaluado o convertido en un dato.

Ése sigue siendo el lugar del psicoanálisis.

No porque posea respuestas para todo, sino porque se niega a clausurar las preguntas allí donde nuestra época exige soluciones inmediatas.

Quizá ésa sea, después de todo, su mayor actualidad: recordar que allí donde una civilización promete eliminar la falta comienza a desaparecer el deseo; y allí donde desaparece el deseo no surge un sujeto más libre, sino un sujeto más disponible para el mercado y más gobernable por los imperativos de su tiempo. 

Por eso la tarea del psicoanálisis en el siglo XXI no consiste en defender una tradición, sino una experiencia.

La experiencia de una palabra que no puede reducirse a información.

De un deseo que no puede transformarse en mercancía.

Y de una verdad que sólo acontece cuando un sujeto se atreve a asumir aquello que ninguna época podrá hacer desaparecer: la falta como condición de su deseo.

Mientras exista un ser humano que, al hablar, descubra algo que ignoraba de sí mismo, el psicoanálisis no tendrá que justificar su actualidad. Será la propia época la que, una y otra vez, termine llamando a su puerta. 

Belén Rico García

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