El lugar del psicoanálisis frente a los malestares contemporáneos
Daniel Sánchez Castro
@psicodaniel_alef
Hay algo profundamente tranquilizador en pensar que el sufrimiento pertenece a quien lo padece.
Si alguien está deprimido, buscamos su depresión. Si alguien vive angustiado, buscamos la causa de su angustia. Si una persona no logra sostener sus vínculos, examinamos su historia afectiva. Si alguien está agotado, hablamos de sus límites, de su organización, de su capacidad para gestionar el estrés. Si un adolescente se autolesiona, preguntamos qué ocurre en su aparato psíquico. Si alguien no soporta más su trabajo, quizá le recomendamos aprender a regular sus emociones.
La operación parece lógica: hay un sujeto que sufre y, por lo tanto, algo debe estar ocurriendo dentro de ese sujeto.
Pero hay una pregunta más incómoda.
¿Y si una parte del sufrimiento que encontramos en nuestros consultorios no pudiera comprenderse únicamente mirando al sujeto que tenemos enfrente?
¿Qué ocurre si levantamos por un momento la mirada del diván y observamos el mundo que rodea a quien está acostado sobre él?
Esta pregunta no pretende abandonar al sujeto. Mucho menos sustituir el psicoanálisis por una sociología improvisada. Pretende recuperar una sospecha que, paradójicamente, estaba presente desde los orígenes del pensamiento psicoanalítico: que nunca sufrimos completamente solos.
Freud lo comprendió muy temprano.
En El malestar en la cultura, publicado en 1930, propone algo que continúa siendo profundamente perturbador: la cultura que hace posible nuestra existencia colectiva es también una fuente inevitable de sufrimiento. Necesitamos de los otros para sobrevivir, pero los otros son, simultáneamente, una de nuestras principales fuentes de malestar. La cultura protege al ser humano frente a la naturaleza, organiza la convivencia, contiene la violencia y permite la construcción de comunidades; pero para hacerlo exige renuncias pulsionales.
No existe civilización sin malestar.
Por eso sería un error pensar que Freud construyó una teoría exclusivamente individual del sufrimiento. El sujeto freudiano nunca está verdaderamente solo. Está habitado por padres, prohibiciones, ideales, identificaciones, mandatos y fantasmas. Incluso cuando parece hablar consigo mismo, hay voces de otros hablando dentro de él.
Tal vez el primer gran error contemporáneo consista precisamente en haber convertido el sufrimiento en un asunto excesivamente privado.
La privatización del sufrimiento
Vivimos en una época fascinada por la responsabilidad individual.
Debemos aprender a gestionar nuestras emociones, administrar nuestro tiempo, mejorar nuestra autoestima, construir mejores hábitos, desarrollar resiliencia, dormir correctamente, comer adecuadamente, hacer ejercicio, meditar, ser productivos, cultivar nuestros vínculos y, además, encontrar un propósito.
El problema no está en ninguna de estas prácticas por sí mismas. Muchas pueden ser útiles.
El problema comienza cuando convertimos al individuo en responsable absoluto de soportar las condiciones en las que vive.
Un trabajador está exhausto y le enseñamos manejo del estrés.
Un estudiante no soporta la exigencia y le enseñamos técnicas de organización.
Una mujer vive atravesada por múltiples formas de violencia y le hablamos de autoestima.
Un adolescente siente que nunca es suficientemente atractivo, interesante o exitoso y le pedimos que reduzca el tiempo que pasa frente a una pantalla.
Un hombre experimenta una profunda soledad y le sugerimos trabajar sus habilidades sociales.
Quizá todas estas intervenciones tengan algún sentido. Pero algo falta.
Falta preguntar por el mundo.
Karl Marx había formulado, desde otro territorio teórico, una sospecha fundamental: aquello que parece pertenecer exclusivamente al individuo puede ser expresión de determinadas condiciones materiales de existencia. No necesitamos convertir al psicoanálisis en marxismo para permitir que esa sospecha nos incomode.
Porque una pregunta sigue vigente:
¿Cuántos sufrimientos colectivos hemos aprendido a nombrar como fracasos individuales?
La pregunta se vuelve todavía más radical con Nietzsche.
Nietzsche nos enseñó a desconfiar de los valores que parecen naturales. Frente a un ideal, su pregunta no era únicamente qué significa, sino de dónde viene, quién lo produjo y qué forma de vida necesita de él.
Podríamos trasladar esa sospecha a nuestros consultorios.
Cuando alguien dice:
“No soy suficiente.”
Quizá deberíamos escuchar su historia.
Pero también deberíamos preguntar:
¿Suficiente para qué?
¿Quién estableció la medida?
¿De dónde proviene el ideal contra el cual ese sujeto se compara?
¿En qué momento decidió que una vida valiosa debía ser productiva, atractiva, económicamente exitosa, emocionalmente estable, sexualmente satisfactoria, socialmente interesante y permanentemente feliz?
Tal vez una parte importante del sufrimiento contemporáneo no provenga solamente de aquello que somos, sino de la distancia insoportable entre lo que somos y aquello que nuestra época nos dice que deberíamos ser.
La fábrica de sujetos
Michel Foucault llevó esta cuestión todavía más lejos.
El poder, para Foucault, no funciona únicamente prohibiendo. También produce. Produce saberes, prácticas, instituciones, categorías y formas de subjetividad.
No solamente nos dicen qué no podemos hacer.
También aprendemos cómo debemos comprendernos a nosotros mismos.
Esto resulta especialmente importante para quienes trabajamos en salud mental.
Nuestra época posee una enorme cantidad de categorías para nombrar el sufrimiento. Las personas llegan al consultorio diciendo:
“Soy depresivo.”
“Soy ansioso.”
“Soy TDAH.”
“Soy dependiente.”
“Soy narcisista.”
“Tengo apego evitativo.”
No digo que estas categorías sean necesariamente falsas. Algunas pueden resultar clínicamente indispensables.
El problema aparece cuando una categoría deja de describir una experiencia y comienza a convertirse en una identidad.
El diagnóstico puede entonces pasar de ser una herramienta clínica a transformarse en una manera de existir.
Foucault nos permitiría formular una pregunta diferente. No solamente: “¿es verdadero este diagnóstico?”, sino también: ¿cómo hemos llegado a vivir en una época donde el sujeto necesita comprenderse cada vez más mediante categorías diagnósticas?
El psicoanálisis tiene aquí una responsabilidad enorme.
Porque quizá una de sus contribuciones más radicales consista precisamente en negarse a reducir al sujeto al nombre de su padecimiento.
El sujeto siempre es más que aquello que podemos diagnosticar.
Del “debes” al “puedes”
Byung-Chul Han describe una transformación especialmente útil para comprender nuestro tiempo.
Hemos pasado, sostiene, de una sociedad organizada fundamentalmente alrededor de la prohibición a una sociedad estructurada alrededor del rendimiento.
El mandato contemporáneo ya no dice solamente:
“Debes.”
Ahora dice:
“Puedes.”
Puedes lograrlo.
Puedes mejorar.
Puedes reinventarte.
Puedes convertirte en tu mejor versión.
Puedes transformar tu cuerpo.
Puedes construir tu marca personal.
Puedes emprender.
Puedes sanar.
Puedes alcanzar tus sueños.
A primera vista parece un discurso liberador.
Pero el “puedes” contiene una violencia particular.
Porque si todos podemos, entonces quien no puede parece ser el único responsable de su fracaso.
El amo ya no necesita permanecer afuera.
Lo hemos instalado dentro.
El sujeto se explota a sí mismo creyendo que se está realizando.
Y cuando finalmente se derrumba, no necesariamente cuestiona las condiciones que lo llevaron al agotamiento.
Se culpa.
“No pude.”
“No fui suficientemente disciplinado.”
“No trabajé bastante.”
“No soy resiliente.”
Quizá por eso encontramos sujetos cada vez más cansados en una cultura obsesionada con la realización personal.
Vínculos para una época que teme permanecer
Algo semejante ocurre con nuestros vínculos.
Bauman habló de una modernidad líquida donde aquello que anteriormente parecía sólido pierde estabilidad. Los vínculos tampoco escapan a esta transformación.
Queremos intimidad sin perder autonomía.
Queremos compañía sin sentir dependencia.
Queremos compromiso sin renunciar a ninguna posibilidad.
Queremos ser elegidos, pero mantener abiertas nuestras opciones.
Y entonces aparece una contradicción profundamente contemporánea:
deseamos vínculos profundos dentro de una cultura que nos entrena permanentemente para sustituir.
Deslizamos.
Descartamos.
Bloqueamos.
Seguimos.
Elegimos.
Comparamos.
El otro corre el riesgo de aparecer como una posibilidad dentro de un catálogo infinito.
Pero ningún vínculo verdaderamente significativo puede construirse sin atravesar algo que nuestra época tolera cada vez menos: frustración, espera, diferencia, conflicto e incertidumbre.
Quizá por eso la soledad contemporánea resulte tan paradójica.
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, sin embargo, encontramos sujetos que experimentan enormes dificultades para sentirse acompañados.
No necesariamente estamos desconectados.
Estamos hiperconectados y desvinculados.
Pero el sujeto no desaparece
Llegados a este punto existe un peligro.
Podríamos concluir que la sociedad es culpable de todo.
Sería tentador.
Y sería también profundamente antipsicoanalítico.
El psicoanálisis no puede reemplazar la tiranía de la responsabilidad individual por una teoría donde el sujeto queda convertido en víctima pasiva de las estructuras sociales.
Lacan nos recuerda algo decisivo: el sujeto se constituye en el campo del Otro.
No existe primero un individuo completamente formado que después entra en contacto con la sociedad. Nacemos dentro de un mundo de palabras, expectativas, deseos, prohibiciones y significantes que nos preceden.
Pero cada sujeto realiza algo singular con aquello que recibe.
Dos personas pueden habitar condiciones semejantes y construir respuestas psíquicas radicalmente diferentes.
Ahí permanece la responsabilidad subjetiva.
No como culpabilización.
Como posibilidad.
El sujeto no eligió todas las condiciones que lo constituyeron, pero puede preguntarse qué hace con ellas.
Esa pequeña distancia entre aquello que nos hizo y aquello que hacemos con lo que nos hizo es, quizá, uno de los territorios fundamentales del trabajo analítico.
Por eso necesitamos sostener simultáneamente dos verdades.
Hay una sociedad que participa en la producción del sufrimiento.
Y hay un sujeto singular que responde a ese sufrimiento.
Si eliminamos la primera, psicologizamos problemas sociales.
Si eliminamos la segunda, borramos al sujeto.
La clínica ocurre precisamente en esa tensión.
¿Dónde está el psicoanalista mientras el mundo arde?
Y entonces llegamos a la pregunta que atraviesa este coloquio.
¿Qué lugar ocupa el psicoanálisis frente a los malestares contemporáneos?
Durante demasiado tiempo hemos imaginado al psicoanalista dentro de una escena muy específica: dos personas, un consultorio, una puerta cerrada, un diván.
Esa escena sigue siendo extraordinariamente valiosa.
Pero quizá ya no sea suficiente.
Porque el sufrimiento no espera dentro del consultorio.
Está en las escuelas.
Está en los hospitales.
Está en las empresas.
Está en las cárceles.
Está en las universidades.
Está en las familias.
Está en las calles.
Está en las redes sociales.
Está en las instituciones.
Está en los cuerpos agotados de quienes han aprendido a funcionar mientras se derrumban silenciosamente.
¿Qué hacemos entonces?
¿Esperamos a que todo ese sufrimiento encuentre nuestra puerta?
Creo que uno de los grandes desafíos del psicoanálisis contemporáneo consiste en recuperar su capacidad de intervenir en la conversación pública.
No para convertirse en activismo partidista.
No para abandonar la clínica.
No para ofrecer respuestas rápidas sobre cada acontecimiento social.
Sino para hacer aquello que el psicoanálisis sabe hacer particularmente bien:
introducir preguntas donde una época ofrece respuestas demasiado fáciles.
Cuando el mercado dice “produce”, preguntar por el deseo.
Cuando la cultura dice “sé tú mismo”, preguntar quién es ese “tú”.
Cuando las redes dicen “muéstrate”, preguntar qué ocurre con aquello que necesitamos ocultar.
Cuando el discurso de la felicidad dice “deberías estar bien”, devolverle al sufrimiento su derecho a existir.
Cuando una categoría diagnóstica pretende explicar completamente a una persona, recordar que siempre existe un resto que escapa al nombre.
Y cuando la sociedad señala al individuo diciendo “el problema eres tú”, atrevernos a preguntar:
¿seguro que solamente él?
Del diván al mundo
Tal vez haya llegado el momento de modificar nuestra pregunta clínica.
Durante más de un siglo hemos preguntado:
¿Por qué sufre este sujeto?
No debemos abandonar esa pregunta.
Pero necesitamos colocar otra a su lado:
¿Qué clase de sociedad produce las condiciones para que determinados sufrimientos se vuelvan cada vez más frecuentes?
Pasar del sujeto que sufre a la sociedad que produce sufrimiento no significa abandonar al sujeto.
Significa dejar de tratarlo como si hubiera nacido solo.
Significa recordar que detrás de cada síntoma existe una biografía, pero también una época.
Que detrás de cada ideal existe una historia, pero también una cultura.
Que detrás de cada angustia existe un fantasma singular, pero también un mundo que ofrece determinadas formas para nombrarla, vivirla y padecerla.
Quizá el futuro del psicoanálisis dependa, en parte, de nuestra capacidad para volver a mirar hacia afuera sin dejar de escuchar hacia adentro.
Porque el diván nunca estuvo realmente separado del mundo.
Las guerras entraron al consultorio.
Las crisis económicas entraron al consultorio.
Las transformaciones sexuales entraron al consultorio.
Internet entró al consultorio.
Las redes sociales entraron al consultorio.
La precariedad entró al consultorio.
La soledad entró al consultorio.
El mundo siempre estuvo ahí.
Tal vez fuimos nosotros quienes cerramos demasiado la puerta.
Por eso Diván en Llamas puede ser algo más que el nombre de un coloquio. Puede funcionar como una pregunta dirigida hacia nosotros mismos.
¿Qué estamos haciendo con nuestro saber?
¿Para quién hablamos?
¿Dónde estamos cuando el sufrimiento ocurre?
¿Queremos un psicoanálisis que únicamente interprete al sujeto o uno capaz también de interrogar las condiciones que participan en su padecimiento?
No tengo una respuesta definitiva.
Y quizá sea mejor así.
Porque el psicoanálisis comenzó precisamente cuando alguien decidió no apresurarse a responder y comenzó a escuchar.
Pero hoy esa escucha necesita ampliarse.
Escuchar al sujeto.
Escuchar sus vínculos.
Escuchar sus instituciones.
Escuchar los discursos que lo atraviesan.
Escuchar la época que habla a través de sus síntomas.
Porque ningún síntoma ocurre fuera de una época.
Ningún sujeto se constituye fuera de un vínculo.
Y ningún diván está verdaderamente aislado del mundo que existe detrás de la puerta del consultorio.
Si la sociedad participa en la producción del sufrimiento, escuchar el sufrimiento también puede ser una manera de escuchar a la sociedad.
Y quizá entonces la pregunta ya no sea únicamente qué hacemos con el sujeto que llega herido al diván.
La pregunta que queda abierta es mucho más incómoda:
¿qué lugar estamos dispuestos a ocupar los psicoanalistas en el mundo que produce esas heridas?