Por José Tappan
Cuando el pensamiento no distingue aquello que confunde
Al referirnos a la complejidad del pensamiento lacaniano, nuestro asombro ante la articulación de su propuesta puede descansar sobre la “anfibología de los conceptos empleados” y nuestra necesidad de encontrar una propuesta sistemática y articulada.
Lo decisivo es la estructura del razonamiento de Lacan: hace que un mismo fenómeno pueda adquirir sentidos diferentes cuando se desplaza inadvertidamente el registro desde el cual se lo considera. La anfibología no consiste simplemente en que una palabra tenga dos significados. Consiste en que el pensamiento puede deslizarse de una significación a otra sin advertir que ha cambiado de plano. La dificultad no está entonces solamente en el objeto pensado, sino en la posición desde la cual se lo piensa.
Esta consideración permite formular una hipótesis crítica sobre la enseñanza de Jacques Lacan: una parte considerable de las dificultades de su transmisión no proviene solamente de la complejidad de su propuesta, sino también y significativamente de la anfibología constitutiva de su propio discurso. Lacan juega deliberadamente con desplazamientos de registro, homofonías, equívocos, paradojas, inversiones conceptuales, cambios de perspectiva y modificaciones sucesivas de los términos que emplea. Lo que en un momento parece una definición ontológica puede convertirse después en una función lógica; lo que parecía una descripción clínica puede transformarse en una operación significante; lo que se presenta como concepto puede adquirir posteriormente el estatuto de letra, matema, escritura o función topológica.
La dificultad aparece cuando el lector —lacaniano— convierte una de las posiciones de Lacan en la posición de Lacan. Allí donde existe una tensión productiva entre diferentes formulaciones, se establece una doctrina. Allí donde hay desplazamiento, se postula continuidad. Allí donde existe equívoco, se busca una definición unívoca. Y allí donde Lacan genera dos sentidos incompatibles, el lector suele elegir uno y presentarlo como si fuese la solución definitiva.
La transmisión lacaniana ha producido con frecuencia una paradoja: los lectores pueden sentirse extremadamente críticos precisamente cuando repiten, con variaciones personales, los efectos de transmisión de una determinada escuela. La impresión subjetiva de estar realizando una lectura autónoma puede ser, en ocasiones, el resultado de haber incorporado suficientemente bien una determinada retórica interpretativa. El lector reconoce las palabras, los giros, las oposiciones, las fórmulas y hasta las objeciones que deben dirigirse contra otros lacanianos, y justamente por ello experimenta su discurso como propio.
Leer a Lacan no equivale necesariamente a leer lo que Lacan escribe o dijo. Existe una diferencia entre leer un texto y leerlo desde el aparato de transmisión que una comunidad ha construido alrededor de ese texto. La primera operación puede conducir a la desestabilización de las certezas; la segunda puede producir una nueva ortodoxia.
Conviene distinguir inicialmente ambigüedad y anfibología. La ambigüedad designa, en términos generales, la posibilidad de que una expresión admita más de una interpretación. La anfibología introduce una dificultad adicional: la estructura misma del enunciado permite que el pensamiento se desplace entre interpretaciones diferentes sin que necesariamente se haga explícito el cambio de referencia.
Lacan no pretende eliminar el equívoco; lo hace uno de los instrumentos de su propuesta. Pero aquí emerge una primera paradoja: es un discurso que se encuentra permanentemente entre dos exigencias: la necesidad de formalización y la imposibilidad de cerrar completamente el sentido.
La supervivencia del psicoanálisis depende de su capacidad para establecer una distancia crítica respecto de sus propias formulaciones. Esa distancia no implica abandonar la tradición freudiana o lacaniana, sino distinguir entre sus conceptos, las interpretaciones que se han construido sobre ellos y las doctrinas institucionales que pretenden fijar su sentido. Solo al reconocer esa diferencia podrá el psicoanálisis dialogar realmente con otras disciplinas, someter sus hipótesis a discusión externa y conservar una propuesta que no se reduzca a la repetición de un canon.
La relación entre estos tres elementos es decisiva: sin distancia crítica, el diálogo interdisciplinario se vuelve una extensión de la doctrina; sin diálogo interdisciplinario, la crítica interna corre el riesgo de permanecer encerrada en los propios criterios del psicoanálisis; y sin ambas condiciones, su supervivencia queda limitada a la reproducción institucional de sus conceptos. El porvenir del psicoanálisis no depende, por tanto, de protegerse frente a sus críticos, sino de volverse suficientemente discutible como para aprender de ellos sin perder su especificidad.
Una disciplina no dialoga realmente con otra cuando exige que su interlocutor adopte primero su terminología para ser reconocido como interlocutor válido. El empleo de un vocabulario especializado es inevitable en cualquier campo del saber; el problema aparece cuando ese vocabulario deja de servir a la precisión conceptual y se convierte en una contraseña de pertenencia. Cuando para comprender una proposición psicoanalítica es necesario aceptar previamente todo el sistema que la sostiene, el supuesto diálogo interdisciplinario se transforma en una conversación entre iniciados.
El diálogo auténtico requiere, por el contrario, un espacio de traducción y confrontación que no pertenezca por completo a ninguna de las disciplinas involucradas. Ese lugar tercero permite comparar conceptos, formular problemas comunes, establecer diferencias y reconocer aquello que cada saber puede aprender de los demás. Sin esa exterioridad relativa, no hay propiamente diálogo, sino yuxtaposición de discursos: cada disciplina habla desde sus propios presupuestos y escucha al otro únicamente para encontrar confirmación de lo que ya sabe.
La distancia crítica cumple aquí una función central. Permite que el psicoanálisis observe sus conceptos como construcciones históricas y teóricas, no como evidencias autosuficientes. También permite distinguir entre la fidelidad a una tradición y la validez de una proposición. Una teoría puede conservar su identidad sin considerar intocables todas sus formulaciones; puede reconocer a sus fundadores sin convertirlos en autoridades capaces de clausurar la discusión.
Pero esta apertura no debe confundirse con la idea de que innovar significa desprenderse de la tradición. La importancia del cambio y de la innovación en psicoanálisis solo puede sostenerse con rigor cuando está acompañada por un conocimiento profundo de los clásicos que constituyen su propia tradición. Innovar sin conocer a Freud, a sus continuadores y las grandes discusiones que han atravesado la historia del psicoanálisis corre el riesgo de presentar como descubrimiento aquello que ya había sido formulado, discutido o incluso refutado. La innovación no consiste en desconocer lo anterior, sino en saber desde dónde se transforma.
Por ello, la formación necesaria para el psicoanálisis porvenir no puede reducirse al conocimiento de los textos estrictamente psicoanalíticos. El psicoanalista necesita también una relación sólida con la literatura, la filosofía y la antropología. La literatura ofrece una exploración incomparable de las formas del deseo, del conflicto, de la subjetividad y del lenguaje; la filosofía proporciona herramientas para interrogar los conceptos y sus presupuestos; y la antropología permite confrontar las categorías psicoanalíticas con la diversidad histórica y cultural de las formas humanas de existencia. No se trata de convertir al psicoanálisis en literatura, filosofía o antropología, sino de dotarlo de interlocutores capaces de desplazarlo de sus evidencias habituales.
En este sentido, la innovación verdaderamente fecunda exige una doble fidelidad: fidelidad crítica a la tradición y apertura efectiva a aquello que la tradición no puede resolver por sí misma. Conocer a los clásicos no significa venerarlos, del mismo modo que dialogar con otras disciplinas no significa adoptar sin examen sus categorías. El conocimiento riguroso de Freud, Klein, Winnicott, Bion, Lacan y de las diversas tradiciones psicoanalíticas permite saber qué se está transformando; el conocimiento de la literatura, la filosofía y la antropología permite reconocer qué problemas nuevos aparecen y desde qué otros lugares pueden ser pensados. Solo así el cambio deja de ser una simple ruptura generacional y se convierte en elaboración teórica.
Esta dificultad resulta especialmente visible en la recepción de Freud y Lacan. Ambos constituyen referencias fundamentales de buena parte del psicoanálisis contemporáneo, pero una referencia fundadora no debería transformarse en un principio de autoridad absoluto. El problema no reside en sus obras, sino en la operación mediante la cual determinadas lecturas de esas obras se convierten en criterios obligatorios de legitimidad. La pluralidad de escuelas, instituciones y corrientes no garantiza por sí misma una pluralidad crítica; puede producir, por el contrario, múltiples formas de ortodoxia.
Una proposición de Freud o de Lacan puede convertirse en el punto de partida de otra proposición; esta, a su vez, puede generar una tercera, y así sucesivamente, hasta constituir una cadena conceptual cuya validez depende menos de su confrontación con problemas externos que de su coherencia interna con aquello que previamente se ha establecido como verdadero. Se genera entonces un canon que no consiste únicamente en un conjunto de textos fundamentales, sino también, se supone, en una manera legítima de leerlos.
El problema del psicoanálisis no es, por tanto, que existan diferentes interpretaciones de Freud o de Lacan. Toda tradición intelectual vive de sus interpretaciones. El problema comienza cuando una interpretación deja de presentarse como tal y adquiere el estatuto de una consecuencia necesaria del pensamiento original. Lo que inicialmente era una lectura institucional, escolar o personal termina funcionando como si fuera el sentido definitivo del autor.
En ese punto, una disciplina que nació cuestionando las certezas del Yo puede terminar produciendo sus propias certezas institucionales. La paradoja es significativa: el psicoanálisis puede ser radicalmente crítico respecto de la conciencia, del yo y de las formas de desconocimiento subjetivo, pero mostrar una menor disposición para someter sus propios conceptos a una crítica equivalente. La distancia crítica exige aplicar al discurso psicoanalítico una exigencia semejante a la que este aplica a otros discursos: preguntar por sus condiciones de producción, sus límites, sus efectos y sus posibilidades de transformación.
No se trata de denostar disciplinas como la homeopatía ni de establecer una equivalencia epistemológica simplista entre esta y el psicoanálisis. La comparación resulta pertinente en otro nivel: ambos campos pueden presentar, en determinados contextos institucionales, dificultades para someter sus postulados fundamentales a una discusión externa. Cuando un conjunto de proposiciones se sostiene principalmente mediante la autoridad de una tradición, la interpretación de sus fundadores y la coherencia interna del sistema, la discusión corre el riesgo de desplazarse desde la pregunta por la validez hacia la pregunta por la fidelidad.
La cuestión decisiva no es entonces determinar quién interpreta correctamente a Freud o a Lacan, sino establecer qué condiciones permitirían que una proposición psicoanalítica pudiera ser discutida también desde fuera del psicoanálisis. ¿Qué ocurre cuando un concepto psicoanalítico se confronta con la antropología, la lingüística, la filosofía, la neurociencia, la historia o las ciencias sociales? ¿Puede traducirse sin perder aquello que pretende afirmar? ¿Puede ser cuestionado mediante categorías que no sean las propias del psicoanálisis? ¿Puede modificarse a partir de ese encuentro?
Estas preguntas no amenazan necesariamente al psicoanálisis. Constituyen, por el contrario, una de las condiciones de su supervivencia. Una disciplina que no puede exponerse a la exterioridad termina dependiendo de la reproducción interna de sus propios criterios de legitimidad. Su futuro queda entonces reducido a la transmisión institucional de una doctrina, mientras que su capacidad de intervenir en los debates contemporáneos se debilita.
El diálogo interdisciplinario no debe entenderse como una simple incorporación de conceptos ajenos ni como una estrategia de legitimación externa. Su valor reside en que obliga al psicoanálisis a precisar qué afirma, bajo qué condiciones lo afirma y qué tipo de evidencia o argumentación considera pertinente. El encuentro con otras disciplinas puede revelar ambigüedades, límites y presupuestos que permanecen invisibles cuando una teoría se interpreta únicamente desde su propio vocabulario.
Por eso, el psicoanálisis porvenir tendría que asumir una posición diferente: no abandonar su tradición, sino hacerla discutible. Esto implica distinguir entre la obra de sus fundadores y el canon construido posteriormente en torno a ella; entre un concepto y sus múltiples interpretaciones; entre una hipótesis clínica y la doctrina que puede edificarse alrededor de ella. Sobre todo, implica recuperar la posibilidad de que el psicoanalista pueda decir: esto que sostengo es una lectura, una hipótesis o una construcción teórica y, por tanto, puede ser discutida, reformulada o incluso abandonada.
La distancia crítica no significa renunciar al psicoanálisis. Significa impedir que la pertenencia a una tradición sustituya la argumentación. Cuanto más capaz sea el psicoanálisis de admitir que algunas de sus afirmaciones son discutibles, mayor será su capacidad para dialogar con otros saberes. Y cuanto más pueda aceptar que sus conceptos son susceptibles de transformación, menos necesitará protegerse mediante una jerga cerrada o mediante la autoridad de sus fundadores.
El verdadero desafío para su porvenir no consiste, por tanto, en resistir a quienes lo critican, sino en producir las condiciones para que la crítica pueda existir también en su interior y prolongarse en un intercambio efectivo con otras disciplinas. Solo una teoría capaz de interrogar sus propios fundamentos puede establecer un diálogo fecundo con saberes externos. El psicoanálisis podrá sobrevivir a sus críticos si logra dejar de concebirlos exclusivamente como adversarios y comienza a considerarlos también como interlocutores capaces de poner a prueba sus conceptos.
Su futuro dependerá, en buena medida, de esa capacidad de salir de sí mismo sin dejar de ser psicoanálisis: encontrar un lugar tercero desde el cual pueda mirar sus propios conceptos, reconocer que buena parte de lo que hoy aparece como doctrina es también interpretación y someter sus certezas a la misma exigencia crítica que históricamente aplicó a las certezas del Yo. En ese movimiento, la supervivencia del psicoanálisis dejaría de ser una cuestión de conservación doctrinal y podría convertirse nuevamente en una propuesta que interrogue los malestares y sufrimientos actuales y genere las condiciones y dispositivos para intervenir.